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Lunes agotador y estresante para comenzar la semana y despedirme de mi semana de vacaciones. Sí, como lo leen, la semana pasada me la he tomé de vacaciones, y aún me queda otra para navidades. La última vez que disfruté de tanto tiempo libre, en los boletines de notas aún calificaban con un punto dibujado con rotulador verde junto a la asignatura, y un progresa adecuadamente» en una leyenda a pie de página.
Unas vacaciones monótonas y austeras. Especialmente austeras si tenemos en cuenta que el salario ha vuelto a retrasarse. Ya resulta absurdo hablar de crisis a estas alturas y es el momento de considerarlo un hecho consumado que he de aprender a aceptar, como acepté que el papel higiénico me raspa el trasero y las toallitas de bebé pican y escuecen. A veces recuerdo la sensación aquella de esfuerzo sin recompensa que me asaltaba en mi anterior empleo, y un escalofrío recorre mi espalda. Necesitaría un mes completo sin gastar un céntimo para compensar el daño que los retrasos en las nóminas están haciendo a mi maltrecha economía.
Además, tanto estrés te vuelve subnormal, porque no encuentro otra explicación que justifique lo de tomarse unos días para descansar, jugar a la consola, actualizar el blog y practicar sexo disfrazado de peluche de perro pachón, y que termines madrugando cada mañana, contracturándote un hombro y jugando en la alcoba al «vendedor de perritos calientes», en el que además te toca ser el bollo de pan mientras te amenazan con sodomizarte con una bratwurst de 15 cm. Niños, no intenten hacer eso en casa. Hace llorar al Niño Jesús.
Genial, ahora necesito unas vacaciones de las vacaciones.
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